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El Maestro Dr. Sergio Bernales

1 Jul

SERGIO E. BERNALES GARCÍA, EL MAESTRO

Roger Ildefonso H.

Revista Sinergia Vol.1, Nº2, Año 2012

Sergio-Bernales

 

Docentes hay muchos, pero maestros escasos. Eso se debe a que es mas fácil transmitir informaciones y conocimientos que dejar enseñanzas.

Para nosotros que no tuvimos la suerte de conocer al maestro Dr. Sergio E. Bernales solo nos queda saborear los relatos de quienes fueron sus alumnos.

En el año 1911, cuando contaba con 26 años de edad, el Dr. Sergio Bernales comenzó a laborar en el Hospital Dos de Mayo y no dejó ese hospital hasta el día de su muerte, en el año 1959, que lo sorprendió, precisamente, cuando, a sus 74 años, se dirigía al hospital para ver a sus pacientes.

El Dr. Sergio Bernales, gran clínico e internista, fue jefe de la Sala San Pedro del referido nosocomio y su asistente fue el Dr. René Gastelumendi, “hombre estudioso, cumplidor y correcto que soportaba a veces con estoicismo las tormentas que desencadenaba don Sergio” (3).

Al igual que el Dr. Gastelumendi, el técnico de enfermería, conocido como Don Mario, se esmeraba en dejar todo en orden para las actividades asistenciales y académicas en la Sala San Pedro buscando no dar pie al enojo de su jefe. Es que el Dr. Bernales era exigente por naturaleza y “no se casaba con nadie” ganándose el respeto de todos y también el temor.

 

                      “En apariencia áspero, no conoció el eufemismo

                     ni en vida ni en palabra.

                      De gesto adusto, severo, a veces temerario,

                      tempestuoso, estallante su supuesta ira

                      en un lenguaje simple, sin circunloquios ni rodeos.

                       Todo producía en él la apariencia de un ser

                       demoledor y terrible”.

(Testimonio del Dr. Marco Tulio Velásquez)

 

Le llamaban “el negro” por su bronceada piel y su aspecto que no tenía nada que ver con la fina estampa de los médicos de aquella época. Algunos también le llamaban “el ogro” por sus iras y su severo actuar en las aulas o en los pasillos del hospital. Sin embargo, mostraba buen trato con los pacientes. Era respetuoso con ellos y siempre les trataba “de Usted”. Así mismo, fuera del hospital don Sergio era buenísimo. En las tardes atendía en su consultorio particular situado en la Plaza San Martín, a donde acudían pacientes de los mas altos estratos sociales y también gente pobre del Partido Aprista, a quienes los atendía gratuitamente (testimonio del Dr. Jorge Gamarra Iturregui). En las noches estudiaba casos clínicos y preparaba sus clases. A la mañana siguiente, lista en mano, se le veía en el hospital supervisando la llegada de los alumnos de Clínica Médica de la universidad (San Marcos).

Eran los años de la Segunda Guerra Mundial y los alumnos no dudaron en bautizar al curso del Dr. Bernales como “Cada Amanecer Muero”, que era el título de una película americana de la época.

 

                “Y estaba bien puesto el sobrenombre.

                  Cada amanecer moríamos pues a las 7:45 en punto

                   comenzaban las clases prácticas en la Sala San Pedro

                   o en la Sala San Francisco y ¡ay! del alumno que no

                     asistiera a la práctica o que llegase tarde…”

(Testimonio del Dr. José Neyra Ramírez)

 

Luego, a las 8:30, todos se dirigían a la Aula Magna para asistir a las clases magistrales.

El auditorio lucía lleno de expectantes alumnos. A la hora exacta hacía su ingreso el Dr. Bernales y tras de él sus asistentes y ayudantes. Entre ellos estaba el Dr. Carlos Lanfranco y otros. Todos, cual rambos de guerra, dispuestos a masacrar.

 

                           “Seguido de mas de treinta esbirros crueles

                            y refunfuñando entre mil papeles

                             Sergio se presenta con la lista en mano”

(Testimonio del Dr. Fernando Cabieses Molina)

 

Luego se iniciaba la “masacre” y la primera víctima era el alumno “dueño de la cama” del paciente cuyo caso se discutiría. Luego le seguían otros y otros.

 

                           “Las clases mantenían a los alumnos en vilo

                           y eran muy estresantes, duraban una eternidad y,

                           por efectos del suspenso, los gatos se corrían al

                           techo y hasta las moscas detenían su vuelo”.

(Testimonio del Dr. Augusto Dextre Llanos)

 

Pero valía la pena. Se sufría pero se aprendía.

Cierta mañana, en plena clase magistral, el Dr. Bernales, usando su libreta de notas, como siempre, iba llamando a los alumnos para lanzarles preguntas “a boca de jarro”. Al no ser respondidas, los despistados alumnos debían bajar hacia el estrado y mantenerse de pie a un costado ante la mirada inquisitoria de sus compañeros de clase sentados en las butacas y de todos los profesores de la cátedra sentados en primera fila. En esas circunstancias llamó a un alumno altivo y delgado, “con muchos pergaminos en su apellido”. Le hizo la pregunta de rigor y al no poder responderlo, el joven estudiante fue enviado también, al igual que los demás, a permanecer humillantemente de pie. En ese momento, en forma inesperada, el joven reaccionó en voz alta diciéndole al Dr. Bernales que él no era su padre ni tenía el menor derecho de maltratarlo en público.

 

                   “En esos tiempos habría sido mas fácil levantarle

                     la voz al Papa o a Stalin, nunca al ilustre y paternal

                   Maestro que se daba el lujo de renunciar todos los

                     años, y solo se reincorporaba cuando lo solicitaban

                     la totalidad de alumnos de la siguiente promoción”.

(Dr. Augusto Dextre Llanos)

 

Todo el auditorio se mantuvo en silencio, sin saber lo que iba a suceder. El Dr. Bernales caminó lentamente hacia el osado alumno y al ver esa escena algunos pensaron que lo iba a zarandear o liquidar en el acto. Sin embargo, el maestro se detuvo y observó detenidamente al iracundo alumno. Luego dirigió su mirada hacia el Dr. Bisso, destacado endocrinólogo del hospital, y le dijo, pausadamente, que ese joven no era ningún malcriado sino un hipertiroideo.

En las semanas siguientes se confirmó el diagnóstico y todos se quedaron impresionados del “ojo clínico” del maestro.

En la ceremonia del fin del curso tomó la palabra aquel osado alumno y dio el discurso de agradecimiento a nombre de la promoción. Demás está decir que, años mas tarde, ese alumno fue un brillante profesional.

 

 

Bibliografía

 

Tulio Velásquez, Marco       “Biografía Médica. Sergio E. Bernales García”

Revista Acta Médica Peruana

Vol. II, Nº I, Marzo, 1973.

 

Dextre Llanos, Augusto      “El Hospital, la Vida y la Muerte”

Editorial Aucón, Lima, 1998.

 

Neyra Ramírez, José             “Apuntes para la Historia de la

Medicina Peruana”

Editorial Universidad Ricardo Palma, Lima, 2005.

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